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22 de junio de 2017

Normativas reguladoras de los servicios ¿frenos o apoyos para la Atención Centrada en la Persona? Por Teresa Martínez




     El desarrollo de servicios gerontológicos inspirados en la Atención Centrada en la Persona,  en España, cuenta cada vez con más aliados. Sin embargo, el cambio y progreso real no está exento de  dificultades.

     Es frecuente, en distintos foros, escuchar el freno que las actuales normativas reguladoras de los servicios pueden suponer para su desarrollo. Sin considerar que la normativa vigente sea la única dificultad, ni mucho menos una cuestión insalvable, quiero referirme en este post, a algunas cuestiones relacionadas.

     Las normativas que regulan los servicios que ofrecen cuidados de larga duración se dirigen a establecer las condiciones mínimas exigibles (nivel de autorización) así como otras complementarias que definen un nivel de calidad superior (nivel o niveles  de acreditación).

     Estas normativas, en España, al depender en la mayoría de los casos de las comunidades autónomas, son diversas. En general, desglosan un detallado y extenso listado de criterios referidos a condiciones materiales y funcionales. Algunos de ellos de dudosa relevancia y sin dejar que esté muy claro a qué visión de la calidad del cuidado responden. 

     En ocasiones, trasladan una  mirada, diría yo, insuficientemente fundamentada en modelos de atención bien definidos, lo que alimenta una labor inspectora más centrada en el cumplimiento del “papel” y del “metro cuadrado” que en asegurar la calidad de vida de las personas que reciben cuidados. 

     En el estudio realizado por Fundación Matía en el marco del proyecto Etxean Ondo, hace ya unos años, se analizó el marco normativo en el país vasco, con el propósito de identificar cambios necesarios que facilitaran la aplicación de modelos afines a la ACP. El informe resultante (Vilá, 2012) propone conclusiones y recomendaciones de gran interés que, en buena medida, pueden considerarse válidas todavía y extrapolables para el resto de comunidades autónomas.

     Las regulaciones por parte de las administraciones públicas de los servicios gerontológicos deberían desempeñar, a mi juicio, un doble papel. En primer lugar, permitir identificar y controlar a los centros y servicios que ofrecen una inadecuada atención. Pero, además, deberían actuar como elementos orientadores e impulsores de nuevos modelos de atención que pongan, de forma inequívoca, en el centro de la toma de decisiones de la organización a las personas, garantizando sus derechos y apoyando, en el día a día una mejor calidad de vida.

  
       Para que los modelos atención centrados en las personas supongan un avance real en nuestro país, es imprescindible una apuesta pública que regule e inspeccione los servicios de atención social desde otra mirada. Impulsando y haciendo posibles servicios innovadores,  flexibles y viables. Servicios sostenibles, pero que apoyen la calidad de vida de las personas, tanto de las personas mayores como de las familias y los profesionales, lo que debe ir inexcusablemente unido. Las  administraciones públicas deben comprometerse y ser quienes lideren, como ya se hizo en otros países que avanzan en este sentido, un cambio de las actuales normas así como de los pliegos de contratación administrativa, éstos últimos instrumentos determinantes en la concertación de los servicios públicos.

     Afortundamente se aprecia movimiento en este sentido.  Algunos pasos ya se están dando. Sirva de ejemplo la pionera normativa de acreditación de unidades de convivencia y centros de día de personas mayores de Castilla y León, la cual consolida su apuesta por avanzar progresivamente hacia nuevos modelos de atención centrados en las personas. O la próxima normativa de residencias del Gobierno Vasco donde, entre otras cuestiones,  se eleva el número exigible de habitaciones individuales otorgando la importancia que ello merece en cuanto a la protección de la intimidad, un derecho constitucional. O los nuevos pliegos administrativos del Ayuntamiento de Madrid para adjudicar la gestión de los centros de mayores donde se incluyen aspectos vinculados a la  ACP como criterios técnicos a valorar en las propuestas presentadas. Son solo algunos ejemplos, otras comunidades autónomas también se están planteando y trabajando en este necesario cambio normativo y administrativo.

      Un cambio que lógicamente debe adaptarse a la realidad y proponer exigencias asumibles y, en la medida de lo posible consensuadas, pero sin perder la oportunidad de fijar horizontes de excelencia claros que aunque hoy no sean posibles o alcanzables para todos los servicios, sirvan de un referente no engañoso del buen hacer. En este sentido, la distinción de distintos niveles de acreditación, bien diseñados y sin que un primer nivel haga inviable la sostenibilidad de los servicios ya existentes, puede ser una propuesta muy razonable.

      Porque no todos los servicios acreditados son lo mismo ni responden a modelos donde se apuesta, de forma inequívoca, por la calidad de vida de las personas. Porque  no todos los proveedores de servicios (y esto vale tanto para los centros de gestión privada como pública) se plantean los mismos objetivos ni se esfuerzan con la misma intensidad en elevar los niveles de calidad a ofertar. Diferencias que deberían ser identificables y reconocidas.

 
     Como he señalado, las nuevas normativas han de fundamentare en  modelos de calidad bien definidos. Los instrumentos normativos y administrativos deben ser capaces de concretar  y definir los  elementos organizativos y los criterios de atención relevantes en consonancia a los valores rectores enunciados. Además, deben incorporar nuevos procedimientos e instrumentos  de evaluación que sean capaces de acercarse a la medición de la calidad de la atención de los servicios y no limitarse a la constatación de la existencia de ciertos sistemas de gestión de la calidad que, en ocasiones, contemplan escasamente los aspectos vinculados a la atención cotidiana.

     Las normativas reguladoras deben actuar como impulsoras de procesos de cambio hacia modelos orientados a las personas facilitando alternativas innovadoras que permitan atender y cuidar sin que las personas pierdan el control de sus vidas, respetando su identidad, garantizando su respeto y en lugares donde se preserve su intimidad y privacidad. En este sentido la responsabilidad de la autoridad pública en cuanto a liderar modelos y procesos de cambio resulta ineludible. 


       Hacen falta cambios en el espíritu y en la letra de la ley. Clarifiquemos lo que es importante en la definición de una BUENA ATENCIÓN a quienes precisan cuidados desde este nuevo paradigma. Regulemos desde esta nueva visión, porque las actuales normativas proceden de otra mirada. Contemplemos no solo las condiciones arquitectónicas y ratios profesionales, que claro que son importantes, sino además, otorguemos el valor que tienen las cuestiones esenciales en el día a día, tanto para el bienestar de las personas mayores, como para los y las profesionales en cuanto a su salud laboral. Eliminemos lo irrelevante, ganemos en flexibilidad, modifiquemos lo erróneo, avancemos hacia lo mejorable. Con prudencia, con realismo, pero con decisión. Necesitamos que las normas que dictan las administraciones sean apoyos para quienes ya están apostando por este cambio y no supongan frenos en el progreso real y efectivo hacia una atención centrada en las personas.

     Hemos de lograr que los cuidados profesionales, además de cumplir con criterios técnicos avalados por la evidencia, faciliten espacios de vida donde las personas podamos seguir disfrutando de nuestros derechos y, sobre todo podemos seguir desarrollando nuestras vidas según nuestra consideración sobre lo importante para vivir dignamente, sobre lo que necesitamos y sobre lo que podría hacernos un poco más felices. 


 

1 de abril de 2017

¿Qué es y no es Atención Centrada en la Persona? Por Teresa Martínez






      Hacer realidad las propuestas de la  Atención Centrada en la Persona (ACP) en muchos de los actuales servicios de atención a personas mayores no es tarea fácil. Implica un cambio profundo en la forma de ver y acompañar a las personas que precisan cuidados. 

     Conduce a nuevos roles en el acompañamiento profesional, a nuevos modos de entender y organizar la provisión de apoyos y cuidados. Nos lleva hacia una nueva cultura organizacional que lidera, arriesga y hace posible en el día a día de la atención esta visión de la ACP confiando en las personas y buscando soluciones creativas. 

     Las resistencias ante el cambio cultural que supone hacer efectivas estas declaraciones  pueden ser muy diversas. Hay quien piensa que la ACP es algo de sentido común o que, en realidad, es algo que  “ya se hace”. Hay quien tiene una gran dificultad, porque procede de  una mirada centrada en la enfermedad y en el déficit, para  identificar y apreciar las capacidades en las personas mayores.  Hay quien piensa que en nuestra realidad las propuestas de la ACP caen dentro de la utopía, que “esto aquí no es posible”. Hay también quien opina que todo esto  “es  solo una moda que pronto caerá en el olvido”, lo que es lo mismo que no conceder relevancia alguna a sus planteamientos.

    
     
     En mi opinión, algunas de estas actitudes recelosas, que no me atrevería a calificar de contrarias a la ACP, se deben al desconocimiento  de lo que es y realmente propone este enfoque de atención. 

     Desde mi respeto a las distintas opiniones que puede generar este movimiento alternativo en gerontología, quiero compartir algunas reflexiones sobre lo que a mi entender, es y no es  la ACP.



ACP, lo que sí es

 

        A pesar de que no se cuenta con una definición consensuada sobre lo que es Atención Centrada en la Persona, ésta viene siendo considerada como un enfoque  o filosofía que integra un conjunto de valores rectores de la atención. 

     La revisión de las publicaciones referidas a la ACP en el ámbito de los cuidados de larga duración a personas mayores pone de manifiesto la coexistencia de tres acepciones que considero de interés distinguir y entender como complementarias: la acp como enfoque, la acp como modelos y la acp como intervenciones.
    
     En cuanto a la ACP como enfoque de atención, es posible afirmar la existencia de cierto consenso en relación a los principios o valores rectores de la atención que propone. Valores que parten de una visión determinada de las personas mayores que precisan cuidados.  


    Fuente: Martínez, 2011

     La ACP ve "personas" antes que "enfermedades" o "servicios" se apoya en el reconocimiento y valor de la singularidad de cada individuo, sitúa la mirada en las  capacidades fortalezas, y protege derechos. Busca brindar apoyos personalizados para que todas las personas, con independencia de su estado o características, puedan seguir  gestionando, directa o indirectamente, sus propias vidas, incluso aquéllas quienes tienen un importante deterioro.

     Para referirse a este enfoque se vienen utilizando diferentes denominaciones, dependiendo éstas, sobre todo, del ámbito aplicado de procedencia. Así se emplean términos como atención centrada en la persona, atención dirigida por la persona, atención personalizada, planificación centrada en la persona, humanización de los cuidados, medicina o cuidados centrados en la persona (o paciente), que tienen en  común este modo de entender la atención  profesional hacia quienes precisan cuidados.

     La diversidad conceptual la ACP afecta de forma especial a los modelos que la describen y al conjunto de metodologías, medidas, actuaciones e intervenciones técnicas que la desarrollan. Esta heterogeneidad, que sin duda supone una dificultad en el terreno de la investigación, se justifica por el hecho de que la ACP, como filosofía o enfoque, cuando se operativiza en modelos y se concreta en intervenciones adquiere definiciones y lógicas propias del campo donde se implementa

          Para evitar que la ACP se quede en el plano declarativo del enfoque, precisa ser concretada y descrita a través de modelos que propongan componentes y articulen intervenciones claves, siempre en coherencia con los valores rectores. Lograr esta coherencia, es decir, asegurar que los modelos e intervenciones no se desvíen de los valores rectores es la principal estrategia que debe guiar el progreso hacia la ACP, junto con una adecuada sistematización y evaluación del desarrollo de este nivel operativo.



ACP, lo que no es




    Mi reflexión y experiencia me lleva a compartir algunas creencias que, desde mi apreciación, suponen atribuciones erróneas o desajustadas sobre lo que es la ACP y sobre cómo avanzar en la aplicación de modelos afines a este enfoque. Cito  seguida y brevemente algunas de ellas:
  • Considerar que la ACP es una atención tipo “barra libre” donde cada persona, en todo momento o contexto puede elegir y hacer lo que quiera. La autonomía personal en la ACP se entiende desde el marco de la co-autonomía, en la que las preferencias/decisiones personales, al no ser una cuestión solo individual y aislada del contexto,  suelen tener límites. Restricciones que pueden proceder de sopesar conflictos éticos con otros valores (no maleficiencia, justicia) o de las posibilidades de los entornos (disponibilidad de recursos y límites normativos/organizativos).
  • Identificar la ACP con el uso de un método, instrumento o protocolo. Aplicar un método afín a la ACP, diseñar y aplicar protocolos que pretenden resumir las buenas prácticas, no se traduce necesariamente en la aplicación de un modelo global y armónico de atención orientado desde este enfoque. Los instrumentos son simples medios, que según su diseño y uso pueden resultar más o menos valiosos, pero en ningún caso deben acabar sustituyendo el lugar de los propios fines que persiguen. 
  • Resumir la ACP en una oferta de elecciones, más o menos ampliada, para las personas usuarias. La ACP hace referencia a distintos valores, algunos de una gran transversalidad, que deben verse integrados  tanto en aspectos actitudinales, como ambientales, organizativos y metodológicos, a la par de verse concretados en el conjunto de procesos y actuaciones de un centro o servicio. 
  • Sobredimensionar la dimensión emocional en la relación interpersonal que implica el cuidado, restando importancia a las prácticas basadas en la evidencia. La dimensión emocional en la relación profesional con la persona mayor que precisa cuidados debe ser central y necesariamente recuperada, pero ello no puede llevarnos a ignorar la importancia en el cuidado profesionalizado de la sistematización y del rigor técnico. El cuidado profesional implica  un adecuado equilibrio entre lo ético/relacional/emocional y lo técnico. 
  • Limitar la aplicación de un modelo ACP al desarrollo de algunos de sus componentes, como es el caso de intervenciones muy orientadas a las mejoras ambientales pero que prestan escasa atención a componentes nucleares como la  autodeterminación de las personas usuarias, la comunicación empática  o los cambios organizacionales que permitan atenciones flexibles y realmente personalizadas. 
  • Identificar la ACP con la puesta en marcha de buenas prácticas o intervenciones muy concretas. Por ejemplo, aplicar aisladamente técnicas como  las reminiscencias,  la musicoterapia, la terapia con animales o tener como meta exclusiva la eliminación de las sujeciones físicas de un centro, aunque pueden ser interesantes medidas  afines al enfoque ACP (si se aplican de forma personalizada), no son suficientes para aplicar globalmente un modelo ACP en un centro o servicio ni asegurar la necesaria adherencia al enfoque por parte del conjunto de la organización y de sus miembros. 
  • Entender la  ACP como una meta a la que llegar, fijando como objetivo el cumplimiento de un determinado número indicadores o de medidas, de modo que una vez conseguidos se dé por finalizado el trayecto y el compromiso.



        Mi consideración y recomendación para los centros y servicios que quieran abordar un cambio en su modelo de atención avanzando hacia las propuestas de la ACP, es la de planificar una aplicación armónica y global desde un modelo previamente definido que, en coherencia con los valores del enfoque, concrete sus componentes nucleares (lo que debe realizarse teniendo muy en cuenta la misión de cada servicio o centro) y articule en éstos ordenadamente intervenciones claves.
    
     Este proceso precisa inexcusablemente, además de una tarea previa de definición del modelo, de una programación secuenciada de las intervenciones así como de la evaluación del  progreso y de los efectos conseguidos. 


       Para hacer efectiva la ACP no valen los atajos o las "fórmulas express". Estamos ante todo lo que conlleva un cambio cultural y organizacional, donde el liderazgo, el cambio actitudinal, y la formación y apoyo a los profesionales  son aspectos imprescindibles.

     Estamos ante un largo viaje. En palabras de Susan Misiorski “La Atención Centrada en la Persona no es un destino, es un viaje que no tiene fin”, y como tal  nos brinda la oportunidad de plantearnos importantes retos, sin obviar que ello,  a la vez, entraña algunos riesgos. 

     Uno de estos riesgos es pensar que la ACP es una cuestión de moda y, en consecuencia, acabar inhibiéndose o situándose con un programa de "mínimos" para no quedar fuera de juego hasta que esta  moda acabe.

     Es responsabilidad de distintos actores (responsables públicos y privados, gestores, asociaciones de mayores, discapacidad y de consumidores, personas usuarias y familiares, profesionales,  sociedades científicas, colegios profesionales, universidades, etc.) aprovechar el  creciente interés que en la actualidad se aprecia en nuestro país hacia la ACP. Interés que parte del reconocimiento de la necesidad de un cambio en el modelo de atención en los servicios gerontológicos y de que estamos en un momento en el que hay que avanzar con decisión hacia unos servicios realmente orientados a la calidad de vida de las personas (personas mayores, familias y profesionales). 

     Poniendo en valor el esfuerzo hasta ahora realizado y preservando lo bien hecho, pero asegurando que LAS PERSONAS son las que realmente están en el centro de la atención y de las decisiones organizativas.

     La preocupación que nos une es asegurar una vejez y una provisión de cuidados, posible y eficiente, pero desde unas condiciones que nos permitan envejecer conservando la dignidad, respetando nuestra identidad y garantizando nuestros derechos de ciudadanas y ciudadanos, que no se pierden por el mero hecho de precisar cuidados o tener que ser atendido en un centro. Algo que nunca debería verse enunciado ni interpretado como  una simple cuestión de moda. 

     El avance es posible, como así lo demuestran distintas iniciativas, internacionales y también nacionales que con autenticidad están apostando por este nuevo modo de entender y organizar los cuidados.

     Las evidencias existentes sobre los efectos beneficiosos de estos modelos de atención, frente a la atención tradicional centrada en la enfermedad o en los servicios, no solo afectan las personas mayores  y a sus familias, sino también a los/as profesionales y a las propias organizaciones. Los  datos y estudios que avalan las bondades de la ACP van cobrando fuerza y nos animan a avanzar por este camino.

    


     Nuestra vocación como seres humanos es la búsqueda de la felicidad, individual y colectiva. La misión que tenemos los y las profesionales de la gerontología es ofrecer apoyos para que las personas que envejecemos podamos tener la mejor vida posible, sin perder el control sobre ella. Disfrutándola de una forma justa entre quienes integramos la sociedad, compartiendo necesidades, recursos, carencias, capacidades, oportunidades y anhelos.