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28 de enero de 2018

Evidencia empírica y Atención Centrada en la Persona. Por Teresa Martínez



     

     Antes de que finalice este primer mes del 2018 quiero desear a todos los lectores y lectoras de este blog un buen año. Un año que nos conceda la oportunidad de hacer a los demás un poco más felices y, así, serlo nosotros mismos.

     En esta entrada quiero destacar, una vez más, la necesidad de que el progreso hacia la ACP se realice con autenticidad y con rigor. Para ello, además de honestidad, creencia y compromiso, es indispensable acudir al conocimiento, dentro del cual la evidencia empírica desempeña un papel muy relevante.

     A lo largo del pasado año he impartido en España y también en diferentes países de Latinoamérica, cada vez más interesados en el cambio de paradigma en la atención a las personas mayores, distintas conferencias dando a conocer las aportaciones de la ACP y las evidencias científicas que avalan estos modelos de atención. En todas ellas, antes de relatar los principales resultados de la investigación sobre la ACP y sus aplicaciones, he compartido una reflexión inicial que considero importante para situar de una forma adecuada el papel de la evidencia empírica en relación a esta visión de la atención. Quiero, también, exponerla en este blog.



El papel de la evidencia científica

     Sin restar importancia al papel que debe tener la investigación y la indudable necesidad de avanzar consolidando prácticas basadas en la evidencia, no hemos de  perder de vista que lo que la ACP persigue, en su esencia,  es la corrección ética del cuidado.

     Es decir, la principal fundamentación de la ACP es de naturaleza ética,  en cuanto que es un enfoque que parte  del reconocimiento de la dignidad de toda persona, con independencia de su edad, estado o circunstancias, que busca y exige un trato respetuoso mediante de intervenciones profesionales que se orientan desde valores determinados.



     La ética es la que, por tanto, refiere el QUÉ de la atención centrada en la persona, es la que define su enfoque señalando el conjunto de valores orientadores del buen hacer en el marco de la intervención social y de los cuidados. Lo hace desde una  reflexión del POR QUÉ de su bondad, es decir desde la búsqueda del bien o la mejor vida posible para las personas precisan cuidados, así como de quienes los dispensan,  por tanto, de personas que en el marco de los cuidados personales se relacionan y conviven.

     Por su parte, la evidencia científica, como uno de los tipos de conocimiento (importante,  pero no el único), aporta datos y conclusiones que pueden y deben orientarnos sobre la efectividad de los modelos e intervenciones afines a la ACP en relación a objetivos propuestos, sobre los modos más eficientes de lograrlos y también sobre las desviaciones o efectos negativos no esperados. Nos puede orientar, fundamentalmente, sobre el CÓMO aplicar una atención alineada con el conjunto de valores que promulga el enfoque ACP.

     Desde esta argumentación, la  ausencia de resultados estadísticamente significativos sobre la efectividad de algunas aplicaciones o intervenciones ACP no deberían conducir a un directo, sin matices, cuestionamiento del QUÉ. Este es un riesgo que en ocasiones se vislumbra cuándo buceamos en la búsqueda de evidencias que apoyan la ACP. 



     
     Pongamos, para que se entienda mejor lo que quiero decir, un ejemplo, tal vez algo extremo. ¿Tendría sentido cuestionar la adecuación de medidas que garanticen la privacidad en el aseo de las personas con demencia avanzada si los estudios realizados no llegan a mostrar efectos en la mejora del nivel funcional de las personas?

     Sin entrar en las dificultades metodológicas que entrañan estos trabajos, que no son pocas, como mucho podríamos concluir que las medidas incorporadas no muestran estos efectos directos en las personas con demencia avanzada. Quizás deberíamos buscar otros objetivos/resultados que tengan mayor sentido; quizás indagar en el cambio que estas medidas hubieran podido tener en las actitudes y trato de los profesionales, cuestionar el modo de la intervención, etc., etc. Lo cual es algo muy diferente a invalidar la corrección ética de estas medidas.

     Creo que es una reflexión necesaria para adentrarnos en el terreno de la búsqueda de la evidencia empírica en la ACP. Para así acercarnos con una perspectiva que nos permita interpretar adecuadamente los trabajos y estudios que detallan y  analizan los efectos de modelos y aplicaciones afines a la ACP.


La investigación sobre la Atención Centrada en la Persona

     La ACP está siendo objeto de un creciente interés en el campo de investigación tanto en el ámbito sanitario como social. Cabe hacer mención a tres de las líneas de estudios que están siendo desarrolladas.

     La primera línea de investigación se dirige a definir, en distintos contextos aplicados las propuestas y componentes de este constructo. Su principal interés radica en la gran relevancia que tiene llegar a definir  de una forma operativa la ACP en cada ámbito aplicado describiendo los componentes de mayor peso según la misión u objetivos de los servicios. Cabe destacar el trabajo del panel de expertos propuesto por la American Geriatrics Society con el objetivo de consensuar una definición y los elementos principales del enfoque ACP en la atención geriátrica de crónicos (The American Geriatrics Society Expert Panel on Person- Centered Care, 2016).


          
     La segunda línea de investigación concierne al análisis de las relaciones entre características de los servicios (diseño arquitectónico, características  del centro, criterios organizativos y metodológicos, etc.) y ACP con el propósito principal de identificar elementos que facilitan y obstaculizan la implementación de estos modelos de atención. Para conocer algunos facilitadores de la ACP en los servicios gerontológicos se puede consultar el documento La atención centrada en los servicios gerontológicos: modelos de atención y evaluación (Martinez, 2016).

     La tercera línea de investigación pretende dar cuenta de los efectos de la aplicación de estos modelos e intervenciones en distintos contextos (salud, servicios sociales, cuidados de larga duración) en las personas (personas usuarias, familias, profesionales) así como en la propia organización. Es a la que me refiero a continuación resumiendo algunos de los hallazgos hasta ahora encontrados en los estudios que han sido realizados.


Algunos resultados sobre los efectos de la ACP

     En estos últimos años se han incrementado notablemente las publicaciones científicas dirigidas a conocer los efectos de las aplicaciones afines a la ACP en distintos contextos de cuidados.

     En el campo de la salud y los servicios sanitarios, resultan de especial interés las publicaciones de Nacional Voices (2011 donde se revisó un importante número de estudios relacionados con cinco elementos clave en la ACP en salud: a) el autocuidado, b) las decisiones compartidas, c) la experiencia del paciente en consulta, d) la información y comprensión del paciente y d) la  prevención. Para cada uno de ellos se detallan los resultados encontrados distintas intervenciones, señalando si se evidencian mejoras en relación al grado de conocimiento de los pacientes, a su satisfacción, al uso y coste de los servicios y a datos objetivos de salud. Los resultados apuntan, en general, lo beneficioso de este tipo de estas aproximaciones y especialmente de algunas de las intervenciones evaluadas.

     En relación a las evidencias de aplicaciones de la ACP en servicios gerontológicos cabe mencionar el trabajo realizado por Brownie y Nancarrow (2013) donde se analizaron intervenciones llevadas a cabo en alojamientos enmarcados en el modelo hogareño. Esta revisión destaca que en los centros acogidos a la Alternativa Eden se describen mejoras en el estado de ánimo de los residentes - disminución del aburrimiento y del sentimiento de desesperanza-, así como una reducción de la depresión; y que además en otra investigación sobre el modelo Green Houses se identifican mejoras de la calidad de vida percibida en los residentes alojados en estos centros frente al grupo control (modelo residencial institucional).

     En el trabajo anteriormente citado (Martínez, 2016) tuve la oportunidad de revisar distintas aplicaciones ACP en contextos residenciales, incluyendo tanto estudios transversales (comparan centros residenciales institucionales con modelos hogareños) como estudios longitudinales (centros evaluados antes y después de llevar a cabo un proceso de formación y aplicación de la ACP). En esta revisión se concluye, en general, el hallazgo de distintos beneficios tanto para las personas mayores, como para las familias y para los profesionales de atención directa.  

     En las siguientes tablas  se resumen los principales efectos encontrados (las referencias completas de los estudios citados pueden ser consultadas en la  revisión anteriormente citada). En color verde aparecen destacados los estudios que encuentran resultados estadísticamente significativos y en negro los que no los han encontrado.

Efectos de aplicaciones ACP
en  personas mayores 



Efectos de aplicaciones ACP
en familias

Efectos de aplicaciones ACP
en profesionales












     Estos resultados avalan la bondad de las aplicaciones ACP y muestran algunos de sus efectos positivos. Sin embargo, es necesario disponer de mayores evidencias que vayan dando cuenta de los resultados encontrados concluyendo beneficios, pero también identificando las intervenciones más eficaces según los distintos contextos de cuidados.

     Para todo ello es recomendable partir de modelos e instrumentos validados y adaptados a las distintas realidades culturales. Solo así podremos  evaluar con rigor el grado de ACP dispensada en los centros. 

     Este es el objetivo principal del proyecto que en la actualidad me ocupa en colaboración con el grupo de investigación “Evaluación Psicométrica” de la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo:  la validación del modelo ACP-gerontología, un estudio en el que están participado más de 40 residencias de distintas comunidades autónomas. La Revista de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría ha publicado recientemente un artículo donde se describe este nuevo modelo. 

     Aprovecho este espacio para expresar mi agradecimiento a todas las residencias (a sus responsables, a los profesionales, a las personas mayores y a las familias) que están participando en este  estudio. Gracias por su tiempo, por su magnífica respuesta y por su compromiso con la mejora de la calidad de la atención.



Avanzar hacia la Atención Centrada en la Persona precisa incorporar en la atención cotidiana buenas praxis profesionales y organizacionales fundamentadas en la ética y diseñadas desde el conocimiento científico



Referencias

National Voices (2014).  Prioritising person-centred care. UK: National Voices.  
Brownie, S., & Nancarrow, S. (2013). Effects of person-centered care on residents and staff in aged-care facilities: a systematic review. Clinical interventions in Aging, 8, 1-10.
Bergman-Evans B. (2004). Beyond the basics: effects of the Eden Alternative model on quality of life issues. J GerontolNurs. 30, 27–34.
Robinson, S.B., &Roshe, R.B. (2006). Tangling with the barriers to culture change: creating a resident-centered nursing home environment. J GerontolNurs, 32, 19–27.
Kane, R.A., Lum, T.Y., Cutler, L.J., Degenholtz, H.B., & Yu, T.C. (2007). Resident outcomes in small-house nursing homes: A longitudinal evaluation of the initial Green House program. Journal of American GeriatricsSociety, 55, 832–839.
Martínez, T. (2016). La atención centrada en la persona en los servicios gerontológicos. Modelos de atención y evaluación. Madrid: Fundación Pilares para la Autonomía personal.

25 de noviembre de 2017

La familia en la residencia. Por Eloy Ortiz





PRESENTACIÓN

    La atención centrada en la persona considera a las familias de las personas mayores como “aliadas” indispensables en el cuidado profesional. Cuando la persona se va a vivir a una residencia, la familia debe tener la opción de seguir estando cerca y cuidando, siempre que la persona mayor así lo desee. La relación y colaboración que se construya, depende en gran medida, del modo en que desde el centro se ve y se acoge a las familias.

     En esta entrada Eloy Ortiz, médico y director de la Residencia Sierra del Cuera (Posada de Llanes, Asturias), comparte su dilatada experiencia en el ámbito residencial destacando algunos aspectos clave para conseguir una buena cooperación centro-familia. Eloy ha compaginado su labor gerencial y asistencial con una importante formación humanística. Es máster en gerontología, máster en atención integral y centrada en la persona y  especialista universitario en humanización de la salud.

     Muchísimas gracias Eloy por tu presencia en este blog y especialmente por demostrarnos en el día a día que el camino de la atención centrada en la persona es posible en un entorno residencial. Gracias por tu honestidad, por tu buen hacer y por tu gran compromiso. Gracias por demostrar que el camino hacia la ACP no solo genera bienestar a las personas mayores, sino también a las familias y a los profesionales. Bienvenido a este espacio, es un gran privilegio contar con tus aportaciones.






La familia en la residencia

Por Eloy Ortiz, médico y director de la

Residencia Sierra del Cuera



     Un referente típico de la deficitaria cultura gerontológica se plasma en el pensamiento de que con la institucionalización la familia deja de ser primordial. Sin embargo, es necesario que frente a este posicionamiento, se desarrollen procedimientos que sean capaces de visibilizar la importancia de la familia en la residencia. Es obvio, que frente a actitudes que ignoran a la familia del residente, se contrapongan posturas integradoras en la que ésta sea considerada como un recurso insustituible.

     Los modelos de Atención Centrada en la Persona defienden que las familias deben ser los grandes “aliados” en el cuidado, sin que por ello la persona mayor pierda su papel de agente principal y, con ello, se vea mermada su  autonomía. Objetivo que no siempre resulta fácil ya que partimos de una cultura paternalista hacia las personas mayores donde tanto profesionales como familias tendemos a decidir  por el bien de ellas pero sin ellas.

 
Vida cotidiana entre residentes y familias
en la Residencia Sierra del Cuera

     No podemos ni debemos abstraernos a la idea de que los cambios en uno de sus miembros van a conmover toda la estructura familiar. Es por este motivo, que debemos partir del conocimiento no sólo de la persona mayor, sino también de su núcleo familiar. Constantemente se alude a la repercusión que la personalización de la atención tiene para el bienestar de la persona mayor, pero a esta condición se le deben superponer las peculiaridades y características propias de cada uno de los integrantes del grupo familiar.
  
     La institucionalización acarrea intrínsecamente toda una serie de sensaciones consustanciales en el devenir de la familia en el centro. Así, nos encontramos habitualmente con sentimientos de culpa, tristeza, aprensión, duda, recelo y ambivalencia. Estos efectos van a mudar a lo largo del tiempo, en relación a tres factores íntimamente imbricados. En primer lugar, y preferentemente, por la información que su pariente les hace llegar sobre su percepción intrapsíquica de satisfacción o insatisfacción; en segundo lugar, por la interiorización que la familia experimenta con la nueva situación y, por último, por la transparencia y las expectativas que se suscitan en el ambiente residencial. Es pues necesario estar atentos a las necesidades y demandas de cada familiar, para así poder prestar todo nuestro apoyo y colaboración. En definitiva, deberemos facilitar la expresión de afectos y crear un clima de comunicación fluido y sincero entre el residente, la familia y los profesionales. Es decir, el objetivo ha de ser que el sistema familiar interaccione con el institucional desde la colaboración y la participación.
   
 
Acción formativa con familias en la
Residencia Sierra del Cuera

      Está suficientemente demostrado que los vínculos familiares moderan la vulnerabilidad de la persona mayor frente a las diferentes situaciones estresantes que tienen lugar en su vida. Incluso algunos autores aseguran que la cantidad y calidad de los contactos disminuyen la morbi-mortalidad (Gallo, J. 2002). En este sentido, nuestra experiencia nos dicta que en los residentes que reciben visitas frecuentes, disminuyen notablemente los desajustes afectivos. Es pues evidente, que la familia adquiere una importancia capital y, no solo para evitar las pérdidas vinculares que se pueden producir en la persona mayor cuando ésta no siente la proximidad de sus parientes, sino también, porque la familia ha de ser objeto de intervención para lograr su integración. Por ello, desde la residencia tendremos que desculpabilizar, formar, capacitar y motivar, para lo cual será requisito imprescindible implantar canales abiertos de comunicación para ofrecer espacios de diálogo abierto y sincero.

     A parte de otras consideraciones, desde un posicionamiento estrictamente gerontológico, el papel de la familia en la residencia ha de ser valorado como principal e insustituible. En ocasiones, se sobreentiende que cuando la persona mayor decide ir a vivir a la residencia, la familia pierde importancia en el cuidado. Todo lo contrario, lo único que cambia es la manera de afrontarlo. De esta manera, nuestra opinión forjada en la experiencia en la atención a las personas mayores que viven en el ámbito residencial, nos demuestra día a día que por encima de cualquier otra consideración, lo realmente definitorio para la adaptación y la plena realización de la persona es el mantenimiento y fortalecimiento de las relaciones familiares. Desde luego, la residencia no debe pretender jamás suplantar a la familia. Al contrario, se han de complementar en el cuidado, respetando sus opiniones y estableciendo, como ya he mencionado, una comunicación sincera, “auténtica”, para ir disipando progresivamente la inseguridad familiar, y para que también se vayan difuminando los prejuicios institucionales hacia el contexto familiar.

       
Elaboración del plan de atención y vida entre
residente, familia, gerocultora de referencia
y psicólogo en la Residencia Sierra del Cuera.
     
     Existen opiniones que partiendo de la imperiosa necesidad de desarrollar programas de intervención con las familias, conceptúan como ineludible “parcelar” los cuidados, distribuyendo responsabilidades. Es decir, los acuerdos, cuando son posibles, establecen y asignan unas determinadas funciones a la residencia y otras a la familia. Mi opinión, es que esta fragmentación de competencias no me parece la más idónea para poder alcanzar una atención integradora. Pienso que, evidentemente, existen áreas en las que la entidad familiar va a ser más apta para resolver determinadas inquietudes, y que en otras cuestiones, será la institución quien pueda solventarlas de forma más resolutiva. Pero solo desde la mutua ayuda se puede ofrecer bienestar a la persona mayor y mejora continua en el modelo de atención y las relaciones.

     Desde estos razonamientos se atisba la reivindicación de que efectivamente, de distintas maneras, pero de forma conjunta y sinérgica, las instituciones familiar y residencial ofrezcan al residente escucha, cariño e interés por su realidad (apoyo emocional), ayuda material (apoyo instrumental), además de favorecer por todos los cauces posibles la continuidad de las relaciones con el exterior (apoyo relacional-informacional).

     Finalmente, creo que las residencias de personas mayores, partiendo del análisis de los sentimientos, las necesidades y las expectativas del núcleo familiar, han de desarrollar las estrategias precisas para poner a su disposición los medios necesarios de ayuda, colaboración y asesoramiento para conseguir su plena integración, a través de la cual, el entorno familiar sentirá paz y sosiego interior, permitiéndole de esta manera seguir sintiéndose importante. Por lo tanto, “abracemos” la singularidad de cada familia considerando que sus aspiraciones y requerimientos van a ser diferentes a lo largo de su estancia en la residencia. No debemos olvidar que el proceso de acomodación de la familia nunca concluye. En una organización que busque el bienestar de las personas no existen puntos finales. 



     

30 de septiembre de 2017

Intimidad y sexualidad en residencias. Por Teresa Martínez


     
     El pasado 22 de septiembre tuvo lugar en Madrid la Jornada “El derecho a la intimidad y a la expresión de la sexualidad de las personas mayores. Eso también es buen trato”, organizada por Fundación Pilares para la Autonomía Personal en  colaboración del Ayuntamiento de Madrid en la que tuve el placer y honor de participar.
     En el marco de esta jornada tuvo lugar la presentación del libro  Sexualidad en entornos residenciales de personas mayores, concebido como una guía para orientar la buena praxis profesional. Este documento es producto del compromiso del equipo investigador, liderado por el profesor de la Universidad de Barcelona Feliciano Villar, con el ámbito aplicado, ofreciendo un documento que incluye elementos para guiar la reflexión y actuación profesional desde el conocimiento científico y la ética. 


     Dedico esta entrada a la difusión de este documento cuya lectura creo que puede ser de alto interés  no solo para  los y las profesionales de los centros y servicios gerontológicos sino también  para las personas mayores y familiares que conviven en los mismos. 
     La protección de la intimidad es un  aspecto  clave en el buen trato y atención de las personas mayores que precisan cuidados. Es un componente clave para hacer efectiva las propuestas del enfoque de Atención Centrada en la Persona,el cual no siempre ha sido suficiente reconocido y explicitado en los modelos que intentan aplicarlo.
     Como señalaba en una anterior entrada de este mismo blog titulada La intimidad en el cuidado ¿un derecho respetado?,  la protección de intimidad parte del reconocimiento de la dignidad de todo ser humano y se fundamenta en una doble dimensión: legal y ética, ambas con importantes implicaciones en el cuidado.  

     Desde una perspectiva ética, la protección de la intimidad guarda una estrecha relación con el principio de autonomía. Parte del reconocimiento de la persona como dueña de su vida y, por tanto, también de su cuerpo y de sus asuntos más privados (salud, creencias, relaciones afectivas, sexualidad, etc.). La intimidad es también necesaria para que las personas puedan actuar en libertad.

    Por otra parte,  la protección de la intimidad precisa de la confianza. Una relación basada en la confianza es algo esencial para acceder a lo más íntimo de la persona sin que ésta se sienta insegura o amenazada. Los y las profesionales y familiares son los responsables de proteger la  intimidad de estas personas, de modo que si no logran generar un espacio relacional desde la confianza, difícilmente se procurará bienestar a la persona, y por tanto, un buen cuidado.

     Todo esto conlleva implicaciones en la atención cotidiana, no solo en  cuanto a la obligación profesional e institucional de articular medidas que protejan de una forma efectiva la privacidad y la confidencialidad de los asuntos personales sino también en relación a la  necesidad de ofrecer un trato cálido cuando se accede a la intimidad de las personas. No hemos de olvidar que el cuidado conlleva entrar de lleno en los asuntos más privados de las personas. La práctica totalidad de tareas y atenciones que reciben las personas en situación de dependencia precisan de la protección de la intimidad. La garantía de privacidad y confidencialidad no basta. El trato cálido es un elemento de buena praxis imprescindible para que la persona, cuando se entra en lo más íntimo de su vida, se sienta segura y bien tratada.


     Como propusimos en la guía Respetando la intimidad, protección y trato cálido (Varios/as autores/as, 20016), el trato  cálido hace referencia a la prestación de apoyos o cuidados desde una interacción personal que se esmera en procurar el bienestar de la otra persona posibilitando que ésta perciba que es estimada desde la escucha, la cercanía y el respeto a su singularidad y a sus preferencias. El trato cálido evita que ante ciertas atenciones o intervenciones que entran de lleno en la intimidad de las personas, éstas se puedan sentir invadidas, amenazadas, incómodas, apresuradas, avergonzadas o humilladas y, en consecuencia, experimenten malestar y sufran.

     Mi apreciación, que compartí en la jornada mencionada, es que en el cuidado cotidiano de las personas mayores  existen algunos “asuntos olvidados” en cuanto a la protección de la intimidad que requieren de una especial atención y de un esmerado abordaje profesional. Uno de ellos es, sin duda, el escaso reconocimiento de la sexualidad y de las distintas necesidades que puedan existir en las personas mayores (obviamente no iguales para todos/as), así como una insuficiente compresión de sus diversas expresiones. 

  
     La sexualidad en personas mayores es un tema tabú,  especialmente en los servicios residenciales, lo que hace que habitualmente sea algo muy ignorado, sobre todo en las personas con demencia y también en quienes viven su sexualidad desde la diversidad. Os recomiendo leer dos colaboraciones escritas en este mismo blog, la de Feliciano Villar titulada Sexualidad en entornos residenciales, una cuestión de derechos y calidad de vida, y la de  Jesús Generelo, presidente de la Federación LGTB, ¿Dónde están los mayores LGTB?.


Tenemos todavía muchos retos pendientes para avanzar en modelos de atención que realmente estén centrados en las personas y que respeten su singularidad y sus derechos. Esperamos que esta guía que habla sobre necesidades  y derechos sexuales de las personas que viven en centros residenciales, humilde en sus objetivos pero clara en sus planteamientos, resulte de ayuda en algunas  situaciones cotidianas, sin perder de vista que cada escenario, como cada persona son siempre únicos e irrepetibles.


Nota: Esta guía cuenta con el apoyo y reconocimiento de las siguientes instituciones: ACRA (Associació Catalana  de Recursos Assitencials); CONJUPES (Confederación Nacional de Jubilados y Pensionistas de España; FELGT (Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales) y UDP (Unión Democrática de Pensionistas).



22 de junio de 2017

Normativas reguladoras de los servicios ¿frenos o apoyos para la Atención Centrada en la Persona? Por Teresa Martínez




     El desarrollo de servicios gerontológicos inspirados en la Atención Centrada en la Persona,  en España, cuenta cada vez con más aliados. Sin embargo, el cambio y progreso real no está exento de  dificultades.

     Es frecuente, en distintos foros, escuchar el freno que las actuales normativas reguladoras de los servicios pueden suponer para su desarrollo. Sin considerar que la normativa vigente sea la única dificultad, ni mucho menos una cuestión insalvable, quiero referirme en este post, a algunas cuestiones relacionadas.

     Las normativas que regulan los servicios que ofrecen cuidados de larga duración se dirigen a establecer las condiciones mínimas exigibles (nivel de autorización) así como otras complementarias que definen un nivel de calidad superior (nivel o niveles  de acreditación).

     Estas normativas, en España, al depender en la mayoría de los casos de las comunidades autónomas, son diversas. En general, desglosan un detallado y extenso listado de criterios referidos a condiciones materiales y funcionales. Algunos de ellos de dudosa relevancia y sin dejar que esté muy claro a qué visión de la calidad del cuidado responden. 

     En ocasiones, trasladan una  mirada, diría yo, insuficientemente fundamentada en modelos de atención bien definidos, lo que alimenta una labor inspectora más centrada en el cumplimiento del “papel” y del “metro cuadrado” que en asegurar la calidad de vida de las personas que reciben cuidados. 

     En el estudio realizado por Fundación Matía en el marco del proyecto Etxean Ondo, hace ya unos años, se analizó el marco normativo en el país vasco, con el propósito de identificar cambios necesarios que facilitaran la aplicación de modelos afines a la ACP. El informe resultante (Vilá, 2012) propone conclusiones y recomendaciones de gran interés que, en buena medida, pueden considerarse válidas todavía y extrapolables para el resto de comunidades autónomas.

     Las regulaciones por parte de las administraciones públicas de los servicios gerontológicos deberían desempeñar, a mi juicio, un doble papel. En primer lugar, permitir identificar y controlar a los centros y servicios que ofrecen una inadecuada atención. Pero, además, deberían actuar como elementos orientadores e impulsores de nuevos modelos de atención que pongan, de forma inequívoca, en el centro de la toma de decisiones de la organización a las personas, garantizando sus derechos y apoyando, en el día a día una mejor calidad de vida.

  
       Para que los modelos atención centrados en las personas supongan un avance real en nuestro país, es imprescindible una apuesta pública que regule e inspeccione los servicios de atención social desde otra mirada. Impulsando y haciendo posibles servicios innovadores,  flexibles y viables. Servicios sostenibles, pero que apoyen la calidad de vida de las personas, tanto de las personas mayores como de las familias y los profesionales, lo que debe ir inexcusablemente unido. Las  administraciones públicas deben comprometerse y ser quienes lideren, como ya se hizo en otros países que avanzan en este sentido, un cambio de las actuales normas así como de los pliegos de contratación administrativa, éstos últimos instrumentos determinantes en la concertación de los servicios públicos.

     Afortundamente se aprecia movimiento en este sentido.  Algunos pasos ya se están dando. Sirva de ejemplo la pionera normativa de acreditación de unidades de convivencia y centros de día de personas mayores de Castilla y León, la cual consolida su apuesta por avanzar progresivamente hacia nuevos modelos de atención centrados en las personas. O la próxima normativa de residencias del Gobierno Vasco donde, entre otras cuestiones,  se eleva el número exigible de habitaciones individuales otorgando la importancia que ello merece en cuanto a la protección de la intimidad, un derecho constitucional. O los nuevos pliegos administrativos del Ayuntamiento de Madrid para adjudicar la gestión de los centros de mayores donde se incluyen aspectos vinculados a la  ACP como criterios técnicos a valorar en las propuestas presentadas. Son solo algunos ejemplos, otras comunidades autónomas también se están planteando y trabajando en este necesario cambio normativo y administrativo.

      Un cambio que lógicamente debe adaptarse a la realidad y proponer exigencias asumibles y, en la medida de lo posible consensuadas, pero sin perder la oportunidad de fijar horizontes de excelencia claros que aunque hoy no sean posibles o alcanzables para todos los servicios, sirvan de un referente no engañoso del buen hacer. En este sentido, la distinción de distintos niveles de acreditación, bien diseñados y sin que un primer nivel haga inviable la sostenibilidad de los servicios ya existentes, puede ser una propuesta muy razonable.

      Porque no todos los servicios acreditados son lo mismo ni responden a modelos donde se apuesta, de forma inequívoca, por la calidad de vida de las personas. Porque  no todos los proveedores de servicios (y esto vale tanto para los centros de gestión privada como pública) se plantean los mismos objetivos ni se esfuerzan con la misma intensidad en elevar los niveles de calidad a ofertar. Diferencias que deberían ser identificables y reconocidas.

 
     Como he señalado, las nuevas normativas han de fundamentare en  modelos de calidad bien definidos. Los instrumentos normativos y administrativos deben ser capaces de concretar  y definir los  elementos organizativos y los criterios de atención relevantes en consonancia a los valores rectores enunciados. Además, deben incorporar nuevos procedimientos e instrumentos  de evaluación que sean capaces de acercarse a la medición de la calidad de la atención de los servicios y no limitarse a la constatación de la existencia de ciertos sistemas de gestión de la calidad que, en ocasiones, contemplan escasamente los aspectos vinculados a la atención cotidiana.

     Las normativas reguladoras deben actuar como impulsoras de procesos de cambio hacia modelos orientados a las personas facilitando alternativas innovadoras que permitan atender y cuidar sin que las personas pierdan el control de sus vidas, respetando su identidad, garantizando su respeto y en lugares donde se preserve su intimidad y privacidad. En este sentido la responsabilidad de la autoridad pública en cuanto a liderar modelos y procesos de cambio resulta ineludible. 


       Hacen falta cambios en el espíritu y en la letra de la ley. Clarifiquemos lo que es importante en la definición de una BUENA ATENCIÓN a quienes precisan cuidados desde este nuevo paradigma. Regulemos desde esta nueva visión, porque las actuales normativas proceden de otra mirada. Contemplemos no solo las condiciones arquitectónicas y ratios profesionales, que claro que son importantes, sino además, otorguemos el valor que tienen las cuestiones esenciales en el día a día, tanto para el bienestar de las personas mayores, como para los y las profesionales en cuanto a su salud laboral. Eliminemos lo irrelevante, ganemos en flexibilidad, modifiquemos lo erróneo, avancemos hacia lo mejorable. Con prudencia, con realismo, pero con decisión. Necesitamos que las normas que dictan las administraciones sean apoyos para quienes ya están apostando por este cambio y no supongan frenos en el progreso real y efectivo hacia una atención centrada en las personas.

     Hemos de lograr que los cuidados profesionales, además de cumplir con criterios técnicos avalados por la evidencia, faciliten espacios de vida donde las personas podamos seguir disfrutando de nuestros derechos y, sobre todo podemos seguir desarrollando nuestras vidas según nuestra consideración sobre lo importante para vivir dignamente, sobre lo que necesitamos y sobre lo que podría hacernos un poco más felices. 


 

1 de abril de 2017

¿Qué es y no es Atención Centrada en la Persona? Por Teresa Martínez






      Hacer realidad las propuestas de la  Atención Centrada en la Persona (ACP) en muchos de los actuales servicios de atención a personas mayores no es tarea fácil. Implica un cambio profundo en la forma de ver y acompañar a las personas que precisan cuidados. 

     Conduce a nuevos roles en el acompañamiento profesional, a nuevos modos de entender y organizar la provisión de apoyos y cuidados. Nos lleva hacia una nueva cultura organizacional que lidera, arriesga y hace posible en el día a día de la atención esta visión de la ACP confiando en las personas y buscando soluciones creativas. 

     Las resistencias ante el cambio cultural que supone hacer efectivas estas declaraciones  pueden ser muy diversas. Hay quien piensa que la ACP es algo de sentido común o que, en realidad, es algo que  “ya se hace”. Hay quien tiene una gran dificultad, porque procede de  una mirada centrada en la enfermedad y en el déficit, para  identificar y apreciar las capacidades en las personas mayores.  Hay quien piensa que en nuestra realidad las propuestas de la ACP caen dentro de la utopía, que “esto aquí no es posible”. Hay también quien opina que todo esto  “es  solo una moda que pronto caerá en el olvido”, lo que es lo mismo que no conceder relevancia alguna a sus planteamientos.

    
     
     En mi opinión, algunas de estas actitudes recelosas, que no me atrevería a calificar de contrarias a la ACP, se deben al desconocimiento  de lo que es y realmente propone este enfoque de atención. 

     Desde mi respeto a las distintas opiniones que puede generar este movimiento alternativo en gerontología, quiero compartir algunas reflexiones sobre lo que a mi entender, es y no es  la ACP.



ACP, lo que sí es

 

        A pesar de que no se cuenta con una definición consensuada sobre lo que es Atención Centrada en la Persona, ésta viene siendo considerada como un enfoque  o filosofía que integra un conjunto de valores rectores de la atención. 

     La revisión de las publicaciones referidas a la ACP en el ámbito de los cuidados de larga duración a personas mayores pone de manifiesto la coexistencia de tres acepciones que considero de interés distinguir y entender como complementarias: la acp como enfoque, la acp como modelos y la acp como intervenciones.
    
     En cuanto a la ACP como enfoque de atención, es posible afirmar la existencia de cierto consenso en relación a los principios o valores rectores de la atención que propone. Valores que parten de una visión determinada de las personas mayores que precisan cuidados.  


    Fuente: Martínez, 2011

     La ACP ve "personas" antes que "enfermedades" o "servicios" se apoya en el reconocimiento y valor de la singularidad de cada individuo, sitúa la mirada en las  capacidades fortalezas, y protege derechos. Busca brindar apoyos personalizados para que todas las personas, con independencia de su estado o características, puedan seguir  gestionando, directa o indirectamente, sus propias vidas, incluso aquéllas quienes tienen un importante deterioro.

     Para referirse a este enfoque se vienen utilizando diferentes denominaciones, dependiendo éstas, sobre todo, del ámbito aplicado de procedencia. Así se emplean términos como atención centrada en la persona, atención dirigida por la persona, atención personalizada, planificación centrada en la persona, humanización de los cuidados, medicina o cuidados centrados en la persona (o paciente), que tienen en  común este modo de entender la atención  profesional hacia quienes precisan cuidados.

     La diversidad conceptual la ACP afecta de forma especial a los modelos que la describen y al conjunto de metodologías, medidas, actuaciones e intervenciones técnicas que la desarrollan. Esta heterogeneidad, que sin duda supone una dificultad en el terreno de la investigación, se justifica por el hecho de que la ACP, como filosofía o enfoque, cuando se operativiza en modelos y se concreta en intervenciones adquiere definiciones y lógicas propias del campo donde se implementa

          Para evitar que la ACP se quede en el plano declarativo del enfoque, precisa ser concretada y descrita a través de modelos que propongan componentes y articulen intervenciones claves, siempre en coherencia con los valores rectores. Lograr esta coherencia, es decir, asegurar que los modelos e intervenciones no se desvíen de los valores rectores es la principal estrategia que debe guiar el progreso hacia la ACP, junto con una adecuada sistematización y evaluación del desarrollo de este nivel operativo.



ACP, lo que no es




    Mi reflexión y experiencia me lleva a compartir algunas creencias que, desde mi apreciación, suponen atribuciones erróneas o desajustadas sobre lo que es la ACP y sobre cómo avanzar en la aplicación de modelos afines a este enfoque. Cito  seguida y brevemente algunas de ellas:
  • Considerar que la ACP es una atención tipo “barra libre” donde cada persona, en todo momento o contexto puede elegir y hacer lo que quiera. La autonomía personal en la ACP se entiende desde el marco de la co-autonomía, en la que las preferencias/decisiones personales, al no ser una cuestión solo individual y aislada del contexto,  suelen tener límites. Restricciones que pueden proceder de sopesar conflictos éticos con otros valores (no maleficiencia, justicia) o de las posibilidades de los entornos (disponibilidad de recursos y límites normativos/organizativos).
  • Identificar la ACP con el uso de un método, instrumento o protocolo. Aplicar un método afín a la ACP, diseñar y aplicar protocolos que pretenden resumir las buenas prácticas, no se traduce necesariamente en la aplicación de un modelo global y armónico de atención orientado desde este enfoque. Los instrumentos son simples medios, que según su diseño y uso pueden resultar más o menos valiosos, pero en ningún caso deben acabar sustituyendo el lugar de los propios fines que persiguen. 
  • Resumir la ACP en una oferta de elecciones, más o menos ampliada, para las personas usuarias. La ACP hace referencia a distintos valores, algunos de una gran transversalidad, que deben verse integrados  tanto en aspectos actitudinales, como ambientales, organizativos y metodológicos, a la par de verse concretados en el conjunto de procesos y actuaciones de un centro o servicio. 
  • Sobredimensionar la dimensión emocional en la relación interpersonal que implica el cuidado, restando importancia a las prácticas basadas en la evidencia. La dimensión emocional en la relación profesional con la persona mayor que precisa cuidados debe ser central y necesariamente recuperada, pero ello no puede llevarnos a ignorar la importancia en el cuidado profesionalizado de la sistematización y del rigor técnico. El cuidado profesional implica  un adecuado equilibrio entre lo ético/relacional/emocional y lo técnico. 
  • Limitar la aplicación de un modelo ACP al desarrollo de algunos de sus componentes, como es el caso de intervenciones muy orientadas a las mejoras ambientales pero que prestan escasa atención a componentes nucleares como la  autodeterminación de las personas usuarias, la comunicación empática  o los cambios organizacionales que permitan atenciones flexibles y realmente personalizadas. 
  • Identificar la ACP con la puesta en marcha de buenas prácticas o intervenciones muy concretas. Por ejemplo, aplicar aisladamente técnicas como  las reminiscencias,  la musicoterapia, la terapia con animales o tener como meta exclusiva la eliminación de las sujeciones físicas de un centro, aunque pueden ser interesantes medidas  afines al enfoque ACP (si se aplican de forma personalizada), no son suficientes para aplicar globalmente un modelo ACP en un centro o servicio ni asegurar la necesaria adherencia al enfoque por parte del conjunto de la organización y de sus miembros. 
  • Entender la  ACP como una meta a la que llegar, fijando como objetivo el cumplimiento de un determinado número indicadores o de medidas, de modo que una vez conseguidos se dé por finalizado el trayecto y el compromiso.



        Mi consideración y recomendación para los centros y servicios que quieran abordar un cambio en su modelo de atención avanzando hacia las propuestas de la ACP, es la de planificar una aplicación armónica y global desde un modelo previamente definido que, en coherencia con los valores del enfoque, concrete sus componentes nucleares (lo que debe realizarse teniendo muy en cuenta la misión de cada servicio o centro) y articule en éstos ordenadamente intervenciones claves.
    
     Este proceso precisa inexcusablemente, además de una tarea previa de definición del modelo, de una programación secuenciada de las intervenciones así como de la evaluación del  progreso y de los efectos conseguidos. 


       Para hacer efectiva la ACP no valen los atajos o las "fórmulas express". Estamos ante todo lo que conlleva un cambio cultural y organizacional, donde el liderazgo, el cambio actitudinal, y la formación y apoyo a los profesionales  son aspectos imprescindibles.

     Estamos ante un largo viaje. En palabras de Susan Misiorski “La Atención Centrada en la Persona no es un destino, es un viaje que no tiene fin”, y como tal  nos brinda la oportunidad de plantearnos importantes retos, sin obviar que ello,  a la vez, entraña algunos riesgos. 

     Uno de estos riesgos es pensar que la ACP es una cuestión de moda y, en consecuencia, acabar inhibiéndose o situándose con un programa de "mínimos" para no quedar fuera de juego hasta que esta  moda acabe.

     Es responsabilidad de distintos actores (responsables públicos y privados, gestores, asociaciones de mayores, discapacidad y de consumidores, personas usuarias y familiares, profesionales,  sociedades científicas, colegios profesionales, universidades, etc.) aprovechar el  creciente interés que en la actualidad se aprecia en nuestro país hacia la ACP. Interés que parte del reconocimiento de la necesidad de un cambio en el modelo de atención en los servicios gerontológicos y de que estamos en un momento en el que hay que avanzar con decisión hacia unos servicios realmente orientados a la calidad de vida de las personas (personas mayores, familias y profesionales). 

     Poniendo en valor el esfuerzo hasta ahora realizado y preservando lo bien hecho, pero asegurando que LAS PERSONAS son las que realmente están en el centro de la atención y de las decisiones organizativas.

     La preocupación que nos une es asegurar una vejez y una provisión de cuidados, posible y eficiente, pero desde unas condiciones que nos permitan envejecer conservando la dignidad, respetando nuestra identidad y garantizando nuestros derechos de ciudadanas y ciudadanos, que no se pierden por el mero hecho de precisar cuidados o tener que ser atendido en un centro. Algo que nunca debería verse enunciado ni interpretado como  una simple cuestión de moda. 

     El avance es posible, como así lo demuestran distintas iniciativas, internacionales y también nacionales que con autenticidad están apostando por este nuevo modo de entender y organizar los cuidados.

     Las evidencias existentes sobre los efectos beneficiosos de estos modelos de atención, frente a la atención tradicional centrada en la enfermedad o en los servicios, no solo afectan las personas mayores  y a sus familias, sino también a los/as profesionales y a las propias organizaciones. Los  datos y estudios que avalan las bondades de la ACP van cobrando fuerza y nos animan a avanzar por este camino.

    


     Nuestra vocación como seres humanos es la búsqueda de la felicidad, individual y colectiva. La misión que tenemos los y las profesionales de la gerontología es ofrecer apoyos para que las personas que envejecemos podamos tener la mejor vida posible, sin perder el control sobre ella. Disfrutándola de una forma justa entre quienes integramos la sociedad, compartiendo necesidades, recursos, carencias, capacidades, oportunidades y anhelos.